jueves, 5 de mayo de 2016

¡Bienvenido, don Manuel!

Trascurrido casi un año desde que la diócesis de Palencia dijo adiós a don Esteban, que regresó a su tierra valenciana, nos llega ahora como Obispo un agustino cántabro, vinculado desde niño a estas tierras, cuando el colegio de los agustinos era un hervidero de vocaciones y toda Palencia era un semillero y granero de futuras promesas.

El nuevo obispo se llama Manuel, que significa “Dios con nosotros”. Es verdad que sólo uno es el Emmanuel: Cristo. Pero la teología nos dice que el episcopado es un sacramento en medio del cual Cristo mismo se hace presente, actúa y sirve. La configuración sacramental del Obispo con Cristo es de alto voltaje y fuerte nivel.
 
Don Manuel -él lo sabe-, además de ser cristiano con nosotros, se hace pastor para nosotros, como dice san Agustín. Y todo, para traernos al Emmanuel, aquel que nunca dejará de ser “Dios con nosotros”.
 
El nuevo Obispo ha dicho: “Quiero ser para vosotros padre, hermano, compañero y amigo”. Todo a la vez. Buen programa.
 
Sabemos que él viene con redoblada ilusión, después de haberse curtido en muchas otras tareas y de haber dejado fatigas y sudores aquí y allá, en muchos surcos pastorales. San Pablo consideraba cada trabajo apostólico (más aún cada sufrimiento por el Reino de Dios) como una medalla “conquistada” para Cristo. Aunque luego nadie se la colgara al apóstol del cuello. Por el contrario, los aplausos que recibía eran naufragios y peligros de todo tipo.

El nuevo Obispo ha dicho también: “Quiero escucharos”. Por aquí se empieza.

Don Manuel ya sabe a qué diócesis viene. Nos lo ha dicho, copiando a Santa Teresa: gente de buena
masa”. Gente sencilla y buena, trabajadora y sufrida. No son tópicos. Quien conozca al pueblo palentino sabe que esto es verdad.

Nuestra diócesis, con su propia fisonomía, es una diócesis de personas nobles, honradas y cristianas. Lo son, sobre todo, las buenas gentes de nuestra ciudad y de los pueblos y villas palentinos. Aunque uno siempre desearía más vida, movimiento y entusiasmo. Terminadas las fiestas del verano, nuestros pueblos se quedan vacíos. Y, metidos en el invierno, en algunos lugares sólo se nota que hay vida por las cuatro chimeneas que lanzan humo.
 
Sí, hay tranquilidad. Demasiada, tal vez. Pero también se encuentra derrotismo. Forma parte del cansancio propio de esta vieja Castilla nuestra, “Madre de España“ -como dice el canto. Madre a la que han arrebatado sus hijos por culpa de una emigración impuesta. Por eso -ha recordado el Administrador Apostólico, don Antonio Gómez Cantero- nuestro pueblo es un pueblo envejecido. Como la mayoría de pueblo castellano.
 
¿Y a qué Iglesia viene don Manuel?
 
A una Iglesia que ha hecho un camino fuerte de conversión al pueblo de Dios y al Dios de este pueblo castellano, que no es otro que el Dios de Jesucristo. Con curas, religiosos y laicos espléndidos. Pero también un tanto desengañados, porque a veces se les ha humillado y descalificado gratuitamente. Se les ha colgado etiquetas injustas.
 
Don Manuel viene a una Iglesia madura, forjada en muchas andaduras y sufrimientos. Aunque en estas tierras bien sabemos que los fríos, si son oportunos, no son malos para que la tierra produzca la cosecha a su tiempo. Ni los fríos ni otros rigores. Lo peor de todo son los pedriscos a destiempo.
 
Finalmente, don Manuel viene usted a una Iglesia que está a la expectativa. Nos preguntamos: ¿Cómo nos ayudará el nuevo obispo? ¿Con qué sabiduría y talante se hará presente entre nosotros? ¿Con qué estilo? ¿Qué hay detrás de ese rostro redondo y aparentemente bonachón?

¡Bienvenido, don Manuel!

Eduardo de la Hera Buedo

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