lunes, 17 de marzo de 2014

Espectadores

Vivimos en un mundo cambiante, casi vertiginoso. Los datos, las imágenes, las opiniones... sobrevuelan nuestra mente en constante emigración. No hay nidos en los aleros, las aves están de paso; tantos pájaros en nuestra cabeza como gritos en la noche. Todos suenan igual, cantos y graznidos. Noticias caducadas al ritmo de las horas, alimento efímero para nuestra gula cognitiva. ¡La era de la información!

Y frente a eso los que callaron, los que se retiraron de la existencia hartos de tanto ruido, los que no sacaron nada en claro de tanta palabra hueca. Decidieron anestesiarse ante el bombardeo mediático, desenchufarse...

Espectadores activos o retirados, tal es la distinción que nos gobierna. En todo caso, espectadores. Porque tanto el que mira como el que se ha cansado de mirar ofertan una misma cara: la de la espera. De modo que nos pasamos la vida esperando (o “espectando”). Esperamos que el paro baje, que no suban los impuestos, que los que mandan arreglen las cosas... Esperamos la última película, el último disco, las próximas vacaciones... Esperamos en fin como quien nada sabe y todo quiere, como quien ha delegado su existencia en las manos de un tercero (eso sí, con derecho a criticarlo si acaso se equivoca).


Y en medio de este caos que contemplamos, nos llevamos las manos a la cabeza y (en el mejor de los casos) nos preguntamos: “¿no habrá alguien que ponga fin a tanto desmán?” O si somos creyentes, miramos al cielo y pedimos a Dios que “venga su Reino”, que ilumine a los gobernantes en todas sus decisiones. Luego bajamos la cabeza y regresamos a nuestro mundo bañado de fatalismo: un pesimismo de lujo por otra parte, pues mantenemos la distancia respecto a las preocupaciones ajenas... como si formasen parte de un show televisivo. Espectadores de grada o de platea, sin más posibilidad interactiva que un clic en internet o un voto cada cuatro años.

Sin embargo en ese momento, en medio de esta Europa blindada que nos oculta el dolor para no remover conciencias, en medio de esa pasiva expectación... es cuando la vida nos golpea con fuerza. Alguien cercano se queda sin trabajo, un amigo fallece, nos diagnostican una enfermedad de dudoso tratamiento... Y volvemos a la realidad impelidos por los hechos, dejamos el mando a distancia de nuestro cálido “zapping” y nos vemos obligados a tomar el toro por los cuernos. Descubrimos de repente que estamos arrojados a este mundo para vivir, para tomar decisiones... y que nada volverá a ser como antes.

Todo esto es la cuaresma: una oportunidad para la conversión, una vuelta de tuerca que conlleva un cambio de perspectiva (no sólo de móvil o de canal). Un vuelco profundo que exige una toma de conciencia sobre cuanto pasa a nuestro alrededor, sobre todo ese dolor que el mundo soporta. Y una pregunta: ¿qué puedo hacer yo? “¿Qué puedo hacer yo?” como frase explosiva, revolucionaria. ¿Qué puedo hacer yo con mi parte de libertad, más allá de sentirme víctima o muñeco de las circunstancias?

Cuaresma es el tiempo de los protagonistas, de los ciudadanos que nacen a la vida adulta y superan su etapa como espectadores. «Nadie me quita la vida», dice Jesús, «soy yo quien la entrega» (Jn 10, 18). Pero para eso hay que amar la libertad, asumir sus consecuencias. Romper los miedos que nos paralizan y hacer que nuestra vida cuente. Y así, cuando el Maestro nos pregunte aquello de “¿amaste?”, no tengamos que inventarnos una película.

Asier Aparicio
Pastoral Social

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