lunes, 16 de enero de 2017

Dar de comer al hambriento

Las obras e misericordia, corporales y espirituales, son complementarias. El hombre es una unidad y no podemos dividirle ni separar las obras del amor.

La primera de las obras corporales de misericordia es “Dar de comer al hambriento”.

El hambre es el resumen de todos los males. Y hoy sigue afectando a muchos millones de personas en el mundo. No sólo en el llamado tercer mundo, sino también en el primer mundo, en el Norte. Muchas asociaciones, entre las que se encuentran Cáritas y Manos Unidas y otras ONGs, nos lo recuerdan de una manera u otra a lo largo del año llamando a nuestra responsabilidad. 

Sin alimentos el ser humano no puede vivir; es una necesidad básica para mantener la vida. Y en la tierra hay suficientes alimentos para que todos los que hoy vivimos no pasemos necesidad. El problema no es que no haya suficiente producción de alimentos, no; el problema está en el corazón de cada uno de nosotros. El problema es que unos tienen mucho y otros nada o casi nada y hacemos poco por solucionarlo.

Cada hombre y cada mujer tenemos que ser conscientes de que los bienes, todos los bienes, tienen un destino universal; han sido dados por el Creador para todos, no para unos pocos. Si esto no se da, si a algunos no les llega nada es porque otros, quizá nosotros mismos, acaparamos lo que es de todos, es decir, aunque suene fuerte el decirlo, robamos a los otros.

¿Dónde está la solución? La solución está en vivir la fraternidad, en compartir, en cambien el corazón y ver en el otro un hermano. Todos tenemos un mismo Dios que en Jesucristo se nos ha revelado como Padre Misericordioso; y si tenemos un Padre común, con entrañas maternales, nosotros somos hermanos en Cristo, y por nuestras venas corre el Amor de Dios, que es el Espíritu Santo.

Vivir la fraternidad supone, nos lleva y exige un cambio en el estilo de vida. No el egoísmo, no el acaparar, no el usar y tirar a la basura, sino el compartir -partir el pan, no las migajas- con el hermano, y vivir más sobria y austeramente. El hombre no es feliz por tener mucho, sino por necesitar poco. Compartir no es dar lo que a mí me sobra y ya no me vale, sino incluso dar lo que necesito y en ello darse a sí mismo. Ejemplos tenemos muchos en la historia. Recuerdo a la viuda pobre de la que nos habla San Lucas en su Evangelio (Lc 21, 1-4), que dio dos moneditas, dos céntimos diríamos hoy, en el cepillo del templo, porque no tenía más, pero mereció el elogio de Jesús, pues «ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir», se dio a sí misma. Otro ejemplo, también de la Biblia, es la viuda de Sarepta que da todo lo que tiene, un poco de harina en la orza y un poco de aceite en la alcuza, para ella y su hijo cuando le pide de comer Elías, hambriento (I Rey 17, 7-16); ante tanta generosidad no faltó la bendición de Dios y «por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó».

Dar de comer al hambriento entraña no hacer dependientes de los demás, “parásitos” o “rémoras”, personas que coman la “sopa boba”, o lo que se tercie, sin más; nos debe llevar a ayudar a la persona para que ella se ayude, se abra caminos en la vida, enseñarle un oficio o trabajo; no hacer ni crear inútiles, sino útiles y activas, que no estén muy ocupadas en no hacer nada, sino personas que desarrollen sus cualidades, que todos las tenemos algunas o muchas, para bien propio y de los demás. Aquí viene el reto de los políticos, empresarios y los emprendedores.

Dar de comer al hambriento nos debe llevar a cuidar la tierra para que esta no se vuelva estéril e improductiva por el abuso, el uso irresponsable de pesticidas, etc.; tenemos que cuidar la casa común, como nos pide el papa Francisco, es decir, la tierra, el aire, el agua, los abonos, trabajarla con responsabilidad, sin agotarla, para que la sementera se vea colmada con una cosecha abundante. Esto, por descontado, no supone que renunciemos al avance de las ciencias y las técnicas; Dios nos ha dotado de inteligencia para usarla, pero en bien de todos los hombres, y con responsabilidad, es decir, sin olvidar que toda acción humana tiene una dimensión ética, que, si no la respetamos, se vuelve, a la corta o a la larga, contra nosotros mismos.

No podemos, también, menos de brindar el pan de la amistad, el amor, el perdón, la sonrisa, con ternura; sin este pan el otro se vuelve duro e indigesto, es como tirar una piedra a la cara. Y finalmente, no olvidemos que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). No podemos quedarnos sólo en alimentar los cuerpos, también los espíritus, las almas, y estas sólo se sacia con Dios, sólo con Jesús que es la Palabra de Dios y el Pan de Dios (Jn 6) para la vida presente y la eterna.
+ Manuel Herrero, OSA
Obispo de Palencia

domingo, 15 de enero de 2017

La no violencia: un estilo de política para la paz

En torno del Mensaje del Papa Francisco para la 50 Jornada Mundial de la Paz.

Ante los embajadores de varios países africanos el Papa Francisco habló recientemente sobre la no violencia como «un típico ejemplo de valor universal que se encuentra en el Evangelio de Cristo», un camino que debe convertirse en el estilo de vida a seguir para lograr la paz.

En nuestro mundo actual, desgarrado por conflictos bélicos, por terrorismo, por el hambre e injusticias de cualquier tipo, es sumamente importante escuchar e interiorizar las palabras del Papa Francisco, elocuentemente comunicadas en su último Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz.

Uno de los grandes valores espirituales y morales en la vida cristiana y parte esencial de la labor de la Iglesia es precisamente la búsqueda de la paz, tema fundamental en todas las cartas del 1 de enero de los Sumos Pontífices en los últimos 50 años. Promover este nuevo estilo de hacer una política de no violencia «presupone una fuerza de ánimo, de valentía y de capacidad de afrontar las cuestiones y los conflictos con honestidad intelectual, buscando verdaderamente el bien común antes que sus propios intereses, ya sean ideológicos, económicos o políticos».

Ya en el primer punto de este gran Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz el Papa reza que «la imagen y semejanza de Dios en cada persona nos permite reconocer unos a otros como dones sagrados dotados de una inmensa dignidad», algo tan olvidado en tantos conflictos sangrantes y en la comunidad política internacional.

El Papa recuerda las palabras tan actuales del beato Pablo VI en el primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz hace 50 años: «la paz es la línea única y verdadera del progreso humano». Y el Papa pone el dedo en la llaga con su pregunta tan inquietante: «¿Esta violencia sirve a un fin de valor duradero?». Tantos conflictos en este mundo fragmentado, ¿no desencadenan represalias y espirales de conflictos letales que benefician sólo a algunos “señores de la guerra”? Por esto el Papa Francisco aboga explícitamente por un desarme y sobre todo también por una abolición y prohibición de armas nucleares que pueden destruir toda la vida en la tierra y son un gran obstáculo en el camino hacia una paz duradera.

Jesucristo sabía que el campo de batalla entre la violencia y la paz es el corazón humano. Él nos enseña el amor incondicional de Dios, hasta el amor a los enemigos (Mt 5, 44), junto con las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), que son la revolución cristiana, un verdadero camino que construye una comunidad internacional desde la paz, desde el reconocimiento básico que todos somos hijos e hijas de Dios. El Santo Padre utiliza el ejemplo de la actitud de la santa Madre Teresa de Calcuta ante tanta violencia, ante tanta persona rota, desfallecida en las cunetas del mundo, abandonada y descartada, a saber: «salir al encuentro de las víctimas con generosidad y dedicación, tocando y vendando los cuerpos heridos, curando las vidas rotas».

Urge más que nunca fomentar una nueva cultura de la paz, empezando en la familia. Es en el seno de la familia donde «se aprende comunicarse y cuidarse unos a otros de modo desinteresado y donde hay que promover el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón». Y desde las familias y comunidades cristianas se debe fomentar esta actitud positiva de la no violencia hasta que se convierta en un estilo de vida para el bien de toda la sociedad. Una manera bella de vivir y convivir que rechaza «descartar a las personas, dañar al ambiente y querer vencer a cualquier precio». Al final del mensaje el Pontífice pide a la Santísima Virgen María que sea ella como Reina de la Paz quien nos guíe en el camino hacia la paz que todos deseamos, sabiendo que «todos podemos ser artesanos de la paz».

Pastoral Social
Diócesis de Palencia

Intenciones del Apostolado de la Oración para el mes de Enero 2017


  • General: Por todos los cristianos, para que, fieles a la enseñanza del Señor, se empeñen con la oración y la caridad fraterna en el restablecimiento de la plena comunión eclesial, colaborando para responder a los desafíos actuales de la humanidad 
  • Por la Evangelización: Por la unidad de todos los creyentes en Cristo, para que los esfuerzos de las iglesias no sean en vano y se logre la unidad que Jesucristo ha querido para sus seguidores.

domingo, 8 de enero de 2017

8 de enero de 2017 El Bautismo del Señor

  • Is 42, 1-4. 6-7 Mirad a mi siervo, en quien me complazco 
  • Sal 28 El Señor bendice a su pueblo con la paz 
  • Hch 10, 34-38 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo 
  • Mt 3, 13-17 Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba
El Padre, en el bautismo de Cristo en el Jordán, quiso revelar solemnemente que él era su Hijo amado, su predilecto (Ev). En Él se cumple la profecía de Isaías: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo». Él es el ungido por el Espíritu Santo, el Mesías que «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo» (2 Lect). Acercándose al bautismo como si fuera un pecador más, anuncia que cargará en la cruz con peso de nuestros pecados y así nos salvará.

viernes, 6 de enero de 2017

6 de enero de 2017 La Epifanía del Señor

  • Is 60, 1-6 La gloria del Señor amanece sobre ti 
  • Sal 71 Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra 
  • Ef 3, 2-3a. 5-6 Ahora ha sido revelado que los gentiles son coherederos de la promesa 
  • Mt 2, 1-12 Venimos a adorar al Rey.

Jesucristo es Salvador para todo el mundo. Así se expresa en el relato evangélico que nos presenta a unos gentiles -los magos de Oriente- que guiados por la luz de la fe representada por la estrella, adoraron al niño que estaba con María, su madre. Y le ofrecieron oro, como rey; incienso como Dios; y mirra como hombre que habría de sufrir para salvarnos (Ev). El apóstol san Pablo afirma claramente que «también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (2 Lect). Contemplemos con la luz de la fe el misterio de Cristo y vivámoslo con amor, y llevémoslo a todos, comenzando por los más alejados.